4 may 2012

TRANSAFRICANA, DE MADRID A KENIA EN UN VIEJO CAMION. (2ª parte)

ENTERRADOS HASTA EL CHASIS EN LA ARENA

La ruta que teníamos por delante, ya en lo mas profundo del Sáhara, cruzaba la "tierra de nadie" entre los puestos fronterizos de In Guezzan al sur de Argelia y Assamaka en el norte de Níger, no tenía demasiados kilómetros pero era una contínua sucesión de dunas y vaguadas en las que se depositaban millones de toneladas de arena fina y esponjosa arrastradas por los vientos. Las pistas a seguir, cuando existían, eran unas simples rodadas de camiones y vehículos anteriores tan difuminadas que hacían de la ruta una verdadera trampa mortal.

Llevábamos recorridos muy pocos kilómetros cuándo, al sobrepasar una duna con la máxima potencia y sin darse cuenta a tiempo Carlos el conductor de que "la pista" giraba a la derecha caímos con brusquedad en una de esas vaguadas de arena fina y esponjosa enterrándose el camión hasta casi desaparecer las ruedas. Bajados todos del camión enseguida nos dimos cuenta de la gravedad de la situación y de que aquello no era cuestión de unas simples paladas de arena, que si queríamos salir de allí íbamos a tener que desplazar el camión de alguna manera unos 200 metros hasta un tramo de la pista que parecía mas firme.

Tardamos tres días y tres noches en conseguir mover el camión esos 200 metros, éramos 26 personas y por turnos cada vez mas cortos debido al calor, al esfuerzo y a nuestro progresivo agotamiento escarbábamos una y mil veces la arena debajo del camión y delante de las ruedas para poder colocar las planchas de hierro agujereadas que llevábamos, consiguiendo así hacer avanzar en cada ocasión el camión unos escasos tres metros para enterrarse de nuevo una y otra vez, y vuelta a empezar en cada ocasión aprovechando al máximo las algo mas llevaderas horas de la noche en las que se suavizaba algo el calor.

Fué un esfuerzo tremendo pero conseguimos situar de nuevo el camión en la pista, y después de cenar y dormir toda una noche a pierna suelta el cuarto día al amanecer emprendimos de nuevo el camino aunque en ésta ocasión tampoco recorrimos demasiados kilómetros ya que de nuevo, al sobrepasar otra gran duna, ésta vez sin salirnos de la pista, vemos a nuestro costado a dos Peugeot 504 que nos habían adelantado a toda velocidad la noche anterior y que habían chocado entre sí al no haber podido sobrepasar el primero de ellos la duna, el segundo que le seguía le había empujado, y ambos quedaron enterrados en la arena con los dos conductores subidos a los coches desde hacía varias horas sin saber que hacer.

Fué así como conocí a Pepe Sánchez, un andaluz que vivía en Noruega y se dedicaba a bajar coches usados desde Holanda y Alemania para venderlos en el Africa negra, y con el qué, después de sacar los dos coches de la arena y devolverlos a la pista con el cabrestante de nuestro camión, y dado que a su Peugeot se le había dañado el motor y era imposible allí de reparar, compartí una de las experiencias mas peligrosas de mi vida al turnarnos él y yo al volante para mantener las ruedas rectas mientras éramos arrastrados por el camión con una barra de remolque de escasos tres metros, completamente cegados por la nube de arena que levantaba el camión y con riesgo contínuo de volcar cada vez que nuestro camión saltaba una duna ó tenía bruscamente que cambiar de dirección.

Así llegamos a Assamaká, el puesto fronterizo del norte de Níger, un pequeño oasis de aguas sulfurosas que fueron una bendición para nuestra ennegrecida y ya muy agrietada piel. En Assamaká descansamos toda una noche cenando y departiendo con los acogedores soldados de la guarnición, dejamos allí a nuestros añadidos compañeros de viaje con sus coches, y después de sellar nuestros pasaportes y autorizar la entrada del camión en el pais partimos rumbo sureste hacia la ciudad de Arlit, situada a unos 200 kilómetros, ya por una rápida y casi recta pista de arena en la que no tuvimos ningún percance.

Antes de llegar a Arlit te das de bruces con sus famosas minas de uranio explotadas por una compañía francesa, y ya en las afueras de la ciudad con un enorme letrero que mas o menos dice: "Señores viajeros, les recordamos bajo pena de sanción que antes de irse a beber cerveza en los bares de la ciudad tienen la obligación legal de presentarse y pasar los trámites de inmigración en los puestos de policía y aduanas", advertencia que según nos habían comentado casi nadie cumple y por supuesto nosotros tampoco, si llegas allí es agotado y muerto de sed después de varios días de travesía por el desierto.

Arlit, la ciudad mas norteña de Níger es una pequeña pero muy animada población en la que abundan los hostales, los bares, las prostitutas, la cerveza y los puestos callejeros en los que puedes comer casi de todo si no le haces asco a las moscas y al polvo. De allí parte una carretera asfaltada que entrando ya en el Sahel conduce a Agadez, la capital de los tuaregs del Air y puerta de entrada al temible desierto del Teneré, es una ciudad construida en torno a su mezquita con torre de adobe y madera de estilo sudanés y a su animado y bien surtido mercado.

En Agadez nos desapareció una de las chicas del camión y pasamos toda una noche buscándola por todos lados sin lograr nada, se había ido con un joven targuí sin avisar a nadie y apareció a la mañana siguiente toda sonriente como si no hubiese pasado nada, el cabreo general fué desde luego mayúsculo. Salimos de Agadez por la carretera general asfaltada que conduce a Niamey (**), la capital de Níger, ciudad que no alcanzamos en aquella ocasión porque nos desviamos antes a medio camino, en Birnin-Konni, con el fin de cruzar la frontera y entrar ya en el noroeste de Nigeria, nuestro siguiente pais.

(*) Agadez fué durante años escala obligada del rally París-Dakar con cuya organización y en funciones de control colaboré en los años anteriores a la muerte de su fundador Thierry Sabine en 1986 en las dunas de D´Aolit en el norte de Malí, llevando yo al año siguiente, en 1987, el único grupo europeo de seguimiento integral del rally París-Dakar, organizado por ADINDA.

(**) En las afueras de Niamey, a orillas del río Níger, en otra expedición posterior, nuestro buen amigo, jefe y guía Lorenzo del Amo se abrió la cabeza y rompió la columna vertebral mientras nos bañábamos en el río, quedando a consecuencia de ello paralítico de por vida.