20 may 2012

LAS SINGLADURAS CON MI VELERO "VAGAMUNDO" (4ª Etapa)

LA GOTA FRIA EN EL MAR DE CASTELLON

Aproximándose ya la época de mis viajes y expediciones de otoño e invierno por tierra a paises mas exóticos, y después de unos tranquilos y relajantes días fondeado en la bahía de Portinaxt en el norte de la isla de Ibiza, zarpé ya a principios de septiembre de 1994 con mi motovelero Vagamundo rumbo a Castellón con la intención de dejar amarrado el barco hasta finales de la primavera del año siguiente en una plaza que Pepe Rojas (*) tenía vacía en el puerto deportivo de Oropesa del Mar, la cuál días atrás el por aquél entonces mi buen amigo y compañero Tito Iglesias se había ofrecido a gestionarme por teléfono.

Zarpé ya anocheciendo de Portinaxt con rumbo noroeste y con todas las velas desplegadas, con poca mar y viento ligero de amura el cuál fué mas tarde bajando a ventolina. La navegación nocturna trascurrió sin novedad a excepción de algunos cargueros procedentes del sur que con dirección a Mallorca y en rumbo cruzado tuve que evitar. A causa del escaso viento y del flojo comportamiento de mi velero en las ceñidas llegué a la altura de Castellón ya atardeciendo y estuve tentado de entrar a puerto para pasar allí la noche.

Debí haberlo hecho pero como faltaban pocas millas hasta Oropesa del Mar decidí continuar sin sospechar desde luego lo que se me venía encima, el viento reviró norte y comenzó a arreciar, la mar a levantarse rapidamente, comenzó a llover y tuve que ponerme la ropa de aguas para gobernar desde la bañera porque desde la cabina no veía nada, encender luces de navegación, rizar velas y utilizar el motor como apoyo para avanzar.

Poco a poco la situación se fué complicando cada vez mas, ya en plena noche el viento y la mar de proa eran cada vez mas fuertes, la lluvia arreciaba, una verdadera cortina de agua con unos goterones tan grandes, casi sólidos y fríos que me golpeaban el rostro con gran fuerza y me impedían toda visibilidad, estaba helado, pero ya tan cerca estaba Oropesa que no era cuestión de virar para correr el temporal y refugiarme en Castellón.

Por fin alcancé la latitud de Oropesa, el rádar y el GPS me indicaba que estaba a escasos cien metros del espigón del puerto pero era tal el agua que caía que yo no veía nada a excepción de un ligero resplandor de las luces del puerto, llamé por radio a la torre de control y me dijeron que tampoco ellos me veían, me indicaron que encendiese la luz de cubierta para iluminar así mi vela mayor rizada y eso hice, encendiendo también la luz de tope del palo, ellos con sus prismáticos de visión nocturna me localizaron y siguiendo sus indicaciones pude por fin enfilar la bocana y entrar en el puerto deportivo.

En Oropesa pasé algunos días preparando el velero para la invernada, y seguidamente regresé en diferentes autobuses a La Coruña.

(*) Pepe Rojas, propietario de Azulejos Rojas y dueño del Mikai (**), un motovelero de catorce metros de eslora, en su momento el barco mas grande fondeado en las instalaciones náuticas del Casino de La Coruña era un hombre hecho a si mismo, retraido con los desconocidos pero muy agradable y espléndido con sus amigos, él no tenía ni idea de navegación pero una vez en la mar aguantaba lo que fuese. Durante varios años dejó el Mikai al cuidado de nuestro común amigo Tito Iglesias, capitán de yate, con el cuál navegué, aprendí, he hice bastantes prácticas de navegación costera por el litoral gallego.

(**) Una situación parecida la vivimos algunos años antes remontando la costa gallega con el Mikai, llegando al cabo Finisterre y también anocheciendo comenzó a encresparse la mar con un viento de proa arreciando en poco tiempo hasta fuerza 7, durante un par de horas con la mayor rizada y su motor de 100 CV intentamos sobrepasar el cabo Finisterre sin conseguirlo, y para colmo empezó a llegarnos desde el océano una espesa niebla. Ya de noche y cerrados en niebla viramos para entrar en la ría y refugiarnos en el puerto de Finisterre, cuando llegamos a su altura escuchamos voces de gente en tierra pero no veíamos absolutamente nada librándonos por muy poco de meter la proa en el espigón.